Blog de la Bio-bibliografía de Luis Alberto Pacheco Mandujano

¡Bienvenido lector!

En este blog podrás encontrar la bio-bibliografía de Luis Alberto Pacheco Mandujano, joven investigador de la filosofía, el Derecho y otras ramas de las ciencias sociales.

Así, podrás obtener toda la producción bibliográfica que el autor ha venido publicando a lo largo de los últimos 12 años, como producto de su incansable tarea de investigación.

Los autores del blog agradecen su visita, y, asimismo, agradecen la emisión de comentarios en torno a las obras aquí publicadas.

Ya se cuenta en este mismo sitio web todo lo referente a la contribución teórica y práctica del autor en el campo de la teoría política.

miércoles, 8 de febrero de 2012

MOVADEF y SL: Reflexiones estudiantiles

En el presente artículo, el autor ha puesto de relieve, con evidencia real verificable en las consciencias de los jóvenes peruanos de nuestros días, cómo es que las políticas públicas implementadas por el Estado peruano, al parecer, no pasarían de constituir verdades de perogrullo e irresponsabilidades supinas que no saben cómo enfrentar el nuevo accionar de Sendero Luminoso, en un contexto histórico que se caracteriza por el uso inteligente de las nuevas tecnologías y la introducción de discursos actualizados (aggiornados) que pretenden explicar los cambios sociales, políticos y culturales, anunciando el camino de la salvación, pero por una vía autopoyéticamente destructiva.

La conclusión a la que al final arriba el autor, pone la nota de preocupación a este episodio de la vida política del Perú y llama a reflexionar sobre cuáles serían los mejores caminos y métodos democráticos para acabar de una vez por todas con ese enemigo común que es el terrorismo.

(Vid.: http://www.voltairenet.org/MOVADEF-y-SL-reflexiones?var_mode=calcul)

viernes, 20 de mayo de 2011

El señor S

Cuento (1)




Para cuando el señor S, abogado y político local de larga data, el individuo que, como Drácula, solía vivir en la nocturnidad del día y sostenerse de sangre ajena, recibió, aquel inolvidable 6 de agosto, dos certeros, sonoros y vigorosos bofetadones en el rostro de parte de uno los enemigos que él mismo había cultivado, ya era decrépito y, aunque se juraba a sí mismo lo contrario para negarlo, se sentía más que agotado.

Era el resultado de su vida misma: fuera de tres fiascos conyugales, numerosos flirteos estériles, los que más bien parecían esconder –a modo de freudiano exorcismo interno– alguna forma de homosexualidad latente, y con menos reconocimientos íntimos y más negaciones cobardes de sus consecuencias matriciales y concupiscientes, se había pasado dos décadas enteras buscando una ocasión, en cuanto proceso electoral se había convocado –que a lo largo de ese tiempo fueron más de quince–, para ocupar un cargo público electoral. En cada oportunidad había fracasado estrepitosa y vergonzosamente.

Para ser sinceros y completos en la descripción, sin embargo, su contumacia en aquello último revelaba que de lo único que no estaba cansado era de seguir insistiendo en asuntos que la vida misma le había demostrado de sobra que no estaban reservados para él. Jamás sería autoridad pública socialmente elegida. Y ya que había diseñado su existencia para tal fin, haciéndose creer, por él mismo y por sus aduladores portátiles, que tenía un futuro en este camino, las cuentas finales de su biografía eran calamitosas. La conclusión final le enrostraba la verdad: toda su existencia era un monumental fracaso. Si alguna vez durante su primera juventud el señor S asemejaba a un idílico idealista, un tipo que aparentó enderezar su ser y su vida en función de ciertos valores, la catana contundente que la historia le había dado –tal vez porque la Providencia ya lo había descubierto como un Caín– le obligaron, después, a descubrirse tal cual ante la desnudez del alma: era un donnadie, un sujeto vacío de todo, un perdedor.

El señor S sabía todo esto muy en su interior. Era éste su secreto, y por eso, para contradecir a la “maldita” realidad, y siguiendo el proceder consuetudinario que todo perdedor se ve obligado a ejecutar para sobrevivir, la imagen que de sí diseñaba para quienes lo conocían, o para quienes él quería que lo conocieran, e incluso para su propio espejo, trataba de ser la de un gentleman, un caballero bien portado, un experimentado político y un hábil letrado. Pero el efecto real que con ello lograba siempre le era extrañamente desgraciado. La comunidad de letrados lo consideraba un pésimo abogado, porque se había ganado el derecho de ser un hábil político partidario, mientras que la cofradía de políticos locales lo creía un espantoso político porque gozaba del derecho de ser reconocido como uno de los letrados más fuertes de la zona. S sabía que no era ni lo uno, ni lo otro. Sabía –pero se lo negaba a sí mismo– que era nada.

Y los bofetadones bien ganados que había recibido resultaron, para él y para todos en la ciudad, un hecho emblemático. Quien se los propinó no era cualquiera. Se trataba de quien, otrora, había sido uno de sus mejores amigos, alguien leal a él, alguien que lo quiso verdaderamente, pero que, aún así, fue traicionado por el mismísimo señor S, y demolido con la ayuda y complicidad de los adláteres con los cuales éste solía convivir y moverse. ¿Por qué? En verdad, el señor S era víctima agobiada de la fiebre desmesurada de poder, de ésa que enferma y envilece el alma; de ésa de la que advertía Lord Acton.

Esta felonía convirtió el sentimiento amical en odio atroz, en una fuerza de enemistad que sólo desaparecería con la muerte.

Por eso el episodio devenía emblemático; uno podía, si era inteligente, racional, darse cuenta que existe una regla práctica (casi una enseñanza bíblica) que debería siempre tenerse muy en cuenta en la vida: no siembres vanamente enemistad entre tus semejantes, ni conviertas inútilmente a nadie en enemigo; pero, más aún, no conviertas en enemigos a tus amigos. Ellos serán siempre los más férreos y duros –vanamente ganados– adversarios que, con justicia, obrarán contra ti.

El señor S, sin embargo, parecía no saber esto. Es que su actitud demostraba, en esencia, la falta de escrúpulo con que trataba problemas para cuya solución le faltaban los conocimientos más elementales. Era un cipayo. Su propio modo escolar de hablar lo revelaba. No pronunciaba, sino balbuceaba palabras. Seguramente ante los ojos de Sartre, así, él sería considerado un imbécil.

Los lapos fueron, pues, con todo esto, mortales para S, y llegaron justamente cuando el tiempo se le acababa. En cuatro meses más estaría de nuevo caminando por las calles llenas de gente que lo identificaba, no como un buen ejemplo de persona o como un valor viviente, sino sólo como un perdulario, un idiota. ¿A dónde iría? No tenía amigos; sólo sobones actuaban a su lado. Pero hasta eso tenía un costo que en poco tiempo no podría pagar más.

El señor S, que temblaba de miedo en su interior por enfrentar su verdad, era nadie, era ínfimo y era nada. Pronto ya no sólo sería un cansado decrépito, sería también un paria, sin casa, sin amigos, sin compañeros, sin mujer, sin familia (la institución que detestó siempre al no haber tenido la capacidad suficiente para definir su dialéctica hormonal). Y peor aún, ya no sólo no sería jamás autoridad pública socialmente elegida, tampoco sería hombre. Debía entonces perecer.


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(1) Con las adaptaciones del caso, fue publicado en la Revista “Sólo 4” del diario Correo de Huancayo, en su edición del 12 de febrero de 2011. Número 352, Año VII (vid. http://suplementosolo4.blogspot.com/2011/02/el-senor-s.html#comment-form).

QUODLIBETUM VI

Sobre la ceguera del animal humano y los
modelos mentales de las cosas:
Un breve relato de experiencia personal
entre la política y la Academia (1)



Son varios los recuerdos de mi primera niñez –acontecidos durante el último tercio de la década de los años 70 del siglo pasado– los que me han asaltado siempre en la memoria. Fuera de aquellos que se relacionan con hechos estricta y gratamente familiares y propios de la niñez, destaco en este momento –porque para eso escribo este breve quodlibetum– uno en particular que se relaciona con sucesos que despertaron y avivaron en mí la innata capacidad de admiración y sorprendimiento de este mundo que llevamos dentro todos los seres humanos.

Éste, que aún brilla con inusual nitidez en mi memoria, evoca una de mis tantas y sosegadas tardes vividas en casa de mis adorados abuelos paternos (los únicos que tuve, porque los otros habían fallecido muchísimo antes de que yo naciera), cuando contaba los cuatro años de edad –y algo más–, mientras jugaba con un extenso “tren” que yo mismo había construido conectando, unas tras otras, varias cajas vacías de fósforos, tal como solían hacer los niños de entonces: llevando este singular juguete en la mano, el que cumplía acciones, unas veces terrestres, y otras aéreas, por el patio de la casa, me detuve delante de un balde de latón que, ya viejo y en desuso, hacía las veces de un macetero que albergaba en él grandes, frondosos y siempre verdes geranios, de esos que abundan característicamente en Huancayo –la tierra que no me vio nacer pero sí crecer–, y en ese momento, observando fijamente esas inolvidables hojas (cuyos frescos y penetrantes aromas recuerdo en este preciso instante, mientras escribo estas líneas, con impresionante detalle), me pregunté si mis abuelos, mis padres, y las demás personas, podían ver los mismos colores y las mismas formas que en dichas plantas veía yo; y, más aún, si las cosas serían realmente así como las veíamos.

Evidentemente, no tuve respuesta para mis preguntas de entonces; en todo caso, supuse que éstas debían ser afirmativas. Después de todo, por qué no habría de ser así; al fin y al cabo era hombre, el rey de la creación, tal como me lo había enseñado mi venerada abuelita (a quien nunca pude llamar “abuela” a secas), con sus serenas y pausadas lecturas del libro del Génesis, cuyas narraciones, las que esperaba ansioso y abrigado en cama cada noche antes de dormir, me llevaban a imaginar fantásticas imágenes del momento de la creación del universo, a manos de Dios Todopoderoso.

Repetidas veces pensé, después de ese día, en lo mismo, sin poder encontrar respuesta alguna para las ya dichas interrogantes, a tal extremo que –puedo afirmarlo ahora– hasta llegué a sufrir de alguna forma por ello. Algo se retorcía en mi vientre. Era la angustia que me hacía sentir un ser minúsculo por no poder aclarar estas dudas y vacíos de conocimiento.

Y los años simplemente pasaron, pero el vacío generado por las cuestiones quedó latente en mí. Sin saberlo, esa espontánea e infantil duda sobre la perfectibilidad de la capacidad humana para conocer el mundo marcó en mí el inicio de lo que sería, a futuro, una constante inquisitorial que coexistió conmigo por muchos años, y que me empujó a interesarme más aún por estos asuntos.

La preocupación regresó con fuerza a finales de la secundaria, entre 1988 y 1990, justamente cuando, por intermedio de mi inolvidable maestro, el sacerdote claretiano Juan Rodríguez Reyes cmf, conocí a René Descartes, el gran maestro racionalista, y a su contraparte, el empirismo de Francis Bacon y el sensualismo de John Locke; la teoría criticista de Immanuel Kant, que salvó a la filosofía de la crisis en la que se había hundido por causa de los extremos dogmáticos del racionalismo y del empirismo; a la monumental dialéctica idealista objetiva de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, y, por supuesto, en esa época, el totémico conocimiento metódico y científico que proporcionaba la teoría del materialismo dialéctico del marxismo ortodoxo, entonces muy vigente; todas ellas, teorías gnoseológicas que parecían ofrecerme la posibilidad de responder lo pendiente, porque todas ellas se ocupaban de mi preocupación de niñez, reforzada en los años de adolescencia. Pero, ¿cuál de ellas sería la más aplicable –por definición de aproximación científica– al caso que me preocupaba? Menudo problema el que se presentaba ahora. En todo caso, por lo menos, ya sabía por dónde abordar el tema.

Sin embargo, este retorno no se pronunció con mayor interés científico sino hasta cuando llevé los cursos de filosofía y física en la Facultad de Ingeniería Química de la Universidad Nacional del Centro del Perú entre 1992 y 1993, carrera que no pude culminar porque el pico máximo de la llamada Guerra Popular desatada en el Perú entre 1980 y 1993, así como mis propias comprometedoras inclinaciones políticas, que me pusieron al borde del límite, me arrancaron de un tiro de ese claustro universitario para, en un giro bastante perturbador, terminar colocándome –poco después de año y medio de haber vivido en condición de refugiado en clandestinidad– en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Peruana “Los Andes”, donde, además de reafirmar mi verdadera vocación profesional en el campo de las ciencias sociales, ya en período de relativa paz –que, a decir verdad, duró bien poco–, profundicé mis estudios de filosofía, aunque sin perder de vista mis intereses por las ciencias naturales y las matemáticas.

En la universidad, y por mis estudios, pude comprender con precisión y claridad que todo el mundo material en su conjunto, en todas sus formas y manifestaciones, constituye la realidad, es decir, aquello que existe objetiva e independientemente de la consciencia humana; realidad que, en suma cuenta, y en su intrínseco proceso de transformación, es posible de ser conocida en su naturaleza más íntima con el apoyo decidido de las ciencias particulares.

Pero aún con ello, esta aproximación teórica no respondía con la satisfacción que yo mismo esperaba, a las viejas preguntas.

La dictadura fujimorista desnudada a partir de la segunda mitad de los años 90, me removió, en menos de una década y por segunda vez, de la vida académica; y, por decisión de consciencia, debí ponerme al frente de la actividad política de organización para el rescate de la democracia y del Estado de Derecho en el Perú, lo que me valió la persecución criminal por parte de un servicio de inteligencia estatal que ya no buscaba subversivos sino a enemigos del régimen dictatorial, como yo, que se habían mostrado intransigentes con la autocracia impuesta a los peruanos.

Tras dos atentados terroristas que debimos sufrir mi familia y yo de parte de agentes del Estado (2), y la ejecución de una cruda persecución policial y judicial, se me obligó a regresar a la clandestinidad en febrero del año 2000, aunque esta vez con el apoyo de organismos de defensa de los derechos humanos, y con un pedido de medida cautelar de protección personal dirigida contra el Estado peruano, efectuado por APRODEH (3) ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos con sede en Washington D. C., así como la ejecución de dos asilos políticos en marcha.

Después de la vergonzosa fuga que protagonizó, a fines de ese año, el hoy ya comprobado dictador y violador de derechos humanos, Alberto Fujimori, la democracia fue retornando progresivamente al país, y cuando mi presencia en la vida política local ya no era necesaria –pues el objetivo mayor había sido alcanzado– regresé al Perú y retorné a lo mío íntimo: la Academia. Me convertí entonces en profesor de Filosofía y Lógica en mi primer alma mater, la Universidad Nacional del Centro, función que desempeñé, como ya lo había venido haciendo desde poco antes en otra universidad (4), con mucho ímpetu y dedicación profesional, entre 2001 y 2005. Y fue allí donde, estudiando más para enseñar mejor, entre preparación de clases y las clases mismas, y como consecuencia de la cada vez más profunda investigación académica en que me involucraba con el afán de enseñar mejor, elaboré y desarrollé un conjunto de ideas personales que pensé podrían responder por fin a mis antiguas preguntas. Estas ideas adquirieron forma y cuerpo teórico, con rigurosidad científica, entre los años 2003 y 2004: he ahí la génesis de mi opera prima que lleva por título “Sofía y Teodoro: diálogo en torno a la prueba lógica y ontológica de la existencia de Dios (La paradoja de la inexistencia del ser divino)” (5), libro que escribí casi de un tiro, después de las discusiones y los debates de rigor que sostuve con colegas expertos en el tema que convocaba mi interés (físicos, matemáticos y psicólogos), y sobre todo para absolver mi propia inquietud: esta obra –que fuera escrita en momentos que padecía de una sobrecogedora pero bendita fiebre científica, la que me calentó de pies a cabeza, extrayéndome a mí y a mi atención, casi por completo, del mundo–, como sucedió también con personajes de la talla de Nietzsche y de Kierkegaard, básicamente fue escrito para mí, como se podrá comprender por lo ya explicado. Quizás por eso la obra no vio la luz (excepción hecha del manuscrito que pocos amigos y colegas leyeron para debatir conmigo, en el claustro universitario, en torno a mis ideas más osadas) sino hasta febrero de 2007, cuando se me entregó la primera edición impresa del texto.

En este libro se encuentra una singular hipótesis por la que, en su momento, fui tachado de “exagerado” y “atrevidamente desubicado”, en los mejores y más educados casos, y, en el peor, simplemente de “loco”. Dicha hipótesis es desarrollada en la página 22 del texto, donde se lee una particular respuesta que Teodoro ofrece, como explicación respecto de la visión que de los objetos tenemos los seres humanos, a una pregunta previamente formulada por Sofía: “… en verdad, no vemos los objetos que creemos ver, sino que únicamente vemos los rayos de reflexión que éstos producen y que originan ese reflejo luminoso en nuestras retinas…”, reflexión que es inmediatamente complementada por Sofía, describiendo que “… dichos impulsos [luminosos] recorren los nervios ópticos, nacidos tras los globos oculares, en un complicado camino neurológico (quiasma óptico, cintillas ópticas, radiaciones ópticas, etcétera), hasta llegar a los lóbulos occipitales del córtex cerebral, donde se llega a formar la idea de la visión…”

La conclusión obvia de esta demostrada exposición es que el hombre es ciego por naturaleza, pues, en realidad, él no llega a ver el objeto –la cosa en sí–, sino sólo la luz que éste refleja hacia sus ojos, y es su cerebro el que, a partir del antedicho proceso físico-biológico, construye el concepto del objeto, es decir, la imagen o re-presentación mental de las cosas (6), nada más. Empero, en buena cuenta, el hombre no ve nada.

Pero por tal afirmación, repito, fui calificado de “loco”. No obstante, dado que el sustento de mi proposición se hallaba en explicaciones fundamentales de orden físico y biológico que ya entonces me parecieron irrefutables, aún cuando no todos mis lectores aceptaran lo afirmado, yo continué desarrollando, sobre tal base teórico-práctica, mis estudios y doctrinas gnoseológicas y epistemológicas (ya desde la cátedra universitaria –la que mantengo aún hoy en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Peruana “Los Andes”–, ya desde el sosiego del estudio personal), proyectados hacia los demás campos de mi interés académico (Derecho, sociedad, política y cultura).

En noviembre de 2010, el recientemente jubilado de la famosa Cátedra Lucasiana de Matemáticas (7) en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, el Profesor Stephen W. Hawking (8), con la colaboración del notable físico teórico Leonard Mlodinow, publicaron el libro titulado “El Gran Diseño” (9), cuyo objetivo principal fue responder a tres antiguas, pero substanciales, preguntas que se formularon ellos mismos, a saber: “¿Por qué hay algo en lugar de no haber nada?; ¿por qué existimos?; y, ¿por qué este conjunto particular de leyes y no otro?”. El resultado de las investigaciones que realizaron a lo largo de sus vidas para responder dichas interrogantes, y que abarcan vastos campos del conocimiento humano que van desde la filosofía hasta la física, pasando por amplios ahondamientos biológicos, matemáticos, históricos y hasta religiosos, da forma al libro que se divide en 8 capítulos a lo largo de los cuales se examinan críticamente asuntos de capital importancia para la Academia, y que van desde El misterio del Ser, cruzando por el análisis de la realidad, la formulación de una posible Teoría del Todo (el gran anhelo científico inconcluso de A. Einstein), hasta llegar a dilucidar sobre el por qué de este Gran Diseño: el universo y todo lo que él contiene.

En este marco, en la página 56 del libro se lee lo siguiente: “… El cerebro es tan bueno en construir modelos que si nos pusiéramos unas gafas que invirtieran las imágenes que recibimos en los ojos, nuestro cerebro, al cabo de un rato, cambiaría el modelo y veríamos de nuevo las cosas derechas. Si entonces nos sacáramos las gafas, veríamos el mundo al revés durante un rato pero de nuevo el cerebro se adaptaría. Eso ilustra que lo que queremos decir cuando afirmamos «Veo una silla» es meramente que hemos utilizado la luz que la silla ha esparcido por el espacio para construir una imagen mental o modelo de silla…”

La conclusión evidente de esta afirmación es, como en mi caso, también, que el hombre es un animal ciego, sólo recibe en sus ojos la luz que los objetos reflejan al espacio, lo que después permite que su cerebro diseñe –como dice el mismo Hawking– la imagen mental o modelo de las cosas que nos rodean, sin que, en fin de cuentas, podamos ver las cosas en sí.

Después de leer este interesante libro inglés –cuya lectura he recomendado de inmediato a mis amigos y alumnos que en la universidad siguen con atención mis cursos de filosofía– debo confesar que, aún cuando yo mismo, en función de la consistencia de los argumentos científicos que hice míos, me encontraba bastante seguro de la verdad y validez de la hipótesis que presenté públicamente en mi ya referido libro en 2007, y que desde poco antes la venía ya exponiendo desde la cátedra universitaria a partir de 2003, me he sentido no sólo fuertemente respaldado sino, sobre todo, sólidamente reafirmado. La reconocida autoridad científica del Profesor Hawking no podría causarme menor sensación. En todo caso, y dicho de otro modo, se me ha confirmado como un loco cuerdo, en un mundo que más bien parecería estar lleno de cuerdos locos que aún no tienen ni idea de qué y cómo es este mundo en el que todos nosotros vivimos.

En la parte final de la recensión con que inicia mi libro, y que fuera escrita críticamente por el Profesor y filósofo Raúl Varillas a modo de Presentación, éste consideró que en el indicado trabajo mío se encontraba lo que él denominó “un consistente y bien logrado aporte interdisciplinario [que posibilita] un diálogo entre la ciencia y la filosofía; trabajo provocador, que de hecho invita a la polémica y a la discusión” (10). Y en junio de 2007, el ampliamente conocido y famoso escritor peruano, el Profesor Sandro Bossio, opinando sobre mi libro y su contenido teórico, subrayó que se trataba del “libro de filosofía más original y concienzudo de las letras regionales y aún nacionales” (11).

Ambos académicos, que a la sazón se desempeñan como unos de los pocos más sobresalientes y reconocidos profesores universitarios del Perú, sabrán por qué escribieron lo que escribieron. Pero a estas alturas me parece que, si alguna vez alguien pensó que, por lo que escribieron Varillas y Bossio, debían ellos ser considerados como “inconsistentes” y “amigueros”, ahora estoy más que nunca convencido que a veces, y sólo a veces, las palabras que expresan sentimientos como los vertidos por ellos mismos no son meras flatus vocis que se lanzan así nada más y tan sólo como gesto de alguna forma particular de consideración tenida hacia alguien y hacia su trabajo, sino que, todo lo contrario, existe una intuición especial que lleva al hombre de ciencia a afirmar con contundencia, y sin temor a equívoco alguno, lo que afirma; si no, no lo haría. En suma cuenta, he quedado plenamente convencido que la mezquindad es infinita, como lo es también la estupidez, según el brillante descubrimiento del Profesor Einstein.

En fin. Al final, 32 años después de la formulación de mis preguntas cardinales, creo que puedo considerar bien que las he respondido con colmada firmeza y plena satisfacción, sobre todo porque, gracias al Profesor Hawking, el indiscutiblemente mayor científico viviente de nuestro tiempo, entiendo que en América Latina, liberados de la tara de la sordidez, también podemos destacar, y hasta con anticipación, sin que en esto nos defina alguna condición chauvinista y patriotera, sino sólo premunidos de agudeza e inteligencia. Es sólo que en estas latitudes no contamos –como sí en Europa– con el mismo apoyo que la ciencia y los científicos necesitan. Sobra, más bien, envidia y mezquindad.

Pero la historia, para nosotros, recién empieza, porque cuando los celos vanos y la roña hayan sido extirpados definitivamente del todavía joven espíritu peruano, aún quedará mucho pan por rebanar.

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(1) Publicado en la Revista electrónica de la Red de Prensa No Alineados de París: http://www.voltairenet.org/article169792.html, el 9 de mayo de 2011.
 
(2) El entonces existente y temido Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) que se hallaba al mando del asesor presidencial Vladimiro Montesinos Torres.
 
(3) La Asociación Pro Derechos Humanos que dirige hasta hoy Francisco Soberón.
 
(4) Mi incursión en la vida académica universitaria, en calidad de profesor, se dio en agosto de 1999, cuando contaba con sólo 23 años de edad, y asumí el dictado de las cátedras de Antropología Jurídica y Ciencias Política, en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la hoy llamada Universidad Católica “Los Ángeles”, hasta enero de 2000.
 
(5) Cfr. PACHECO MANDUJANO, Luis Alberto, “Sofía y Teodoro: diálogo en torno a la prueba lógica y ontológica de la existencia de Dios (La paradoja de la inexistencia del ser divino)”. EDIMZA, Primera edición, febrero de 2007, Huancayo, Perú. 44 páginas.
 
(6) Id., páginas 24 in fine, y 25.
 
(7) La misma que, fundada por Henry LUCAS en 1663, y oficializada por Carlos II de Inglaterra en 1664, fue ocupada por Isaac NEWTON entre 1669 y 1701.
 
(8) Quien ocupó la cátedra desde 1980 hasta 2009.
 
(9) Vid. HAWKING, Stephen W., y MLODINOW, Leonard, “El Gran Diseño”. Título original de la obra: “The Grand Design”. Tercera impresión (diciembre de 2010) de la primera edición (noviembre de 2010). © 2010 de la edición para España y América, Editorial Crítica, S. L., Barcelona. 228 páginas.
 
(10) Cfr. PACHECO MANDUJANO, L. A., opus cit., páginas X.
 
(11) Cfr. Revista Cultural “Sólo 4” del diario Correo de Huancayo, edición del 2 de junio de 2007, página 2. Vid., también, http://www.voltairenet.org/article159605.html

viernes, 11 de febrero de 2011

Violación sexual y pena de muerte en el Perú

En este artículo publicado por la red Voltairenet de París, el autor analiza la posibilidad de re-insertar la pena de muerte en el Perú, sobre la base de una propuesta jakobsiana, sin que el hecho suponga el quiebre del Estado de Derecho.

La propuesta está basada en torno al desarrollo de lo que él considera una proposición jurídica fundamental, aunque, según su punto de vista, incompleta por ser "extremadamente abstracta": "todos tienen derecho a ser tratados como personas", proposición principista que el autor complementa en función de una lógica sinalagmática que no deja de presentar una alternativa interesante en el campo de la reflexión jurídica sobre la pena capital, sugestivamente provocadora.

http://www.voltairenet.org/article168426.html

jueves, 6 de enero de 2011

El sueldo de Vladimir Cerrón

El "revolucionario", el "hijo del pueblo", el hijo del "amauta huanca", el "candidato del pueblo", el "discípulo de la revolución cubana", el "médico del pueblo", el "abanderado defensor de los descalzos y descamisados", el otrora admirador del "pensamiento gonzalo", el "hombre de izquierda", el "socialista", el "elegido de los hambrientos", el "pobre que lucha contra los poderosos". ¿Títulos honoríficos para este señor? Excesos de antonomasias que terminan siendo epítetos de vergüenza y deshonra.

¿Por qué es que para estos "izquierdistas" es tan fácil pensar (si acaso piensan) con la izquierda y cobrar con la derecha? Todos estos "izquierdistas" son iguales.

¡Malditos sean! ¡Yo los maldigo porque engañan con disfraces y jerigonzas de izquierdistas, estafan así al corazón y a la fe del pueblo, ofenden a la razón popular, envilecen la doctrina socialista, obra de grandes y totémicos hombres de la historia, como Marx y Lenin, y dan, con sus acciones, razón a la derecha para acusar de terrorista a la verdadera vanguardia del pueblo y de la historia!

¡Pagarán con su sangre (y es poco el precio) por esta vil traición al pueblo!

Juzguen ustedes, y si están de acuerdo o no conmigo, háganmenlo saber.

http://correoperu.pe/correo/nota.php?txtEdi_id=8&txtSecci_parent=0&txtSecci_id=18&txtNota_id=520414

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Miss Bagua opina sobre el escandaloso caso de Fernando Barrios Ipenza

Sobre el escándalo generado por el alanista ladrón Fernando Barrios Ipenza, al haber efectuado un cobro de "indemnización por despido arbitrario" por su cese en el cargo de Presidente Ejecutivo de EsSalud para pasar a ser Ministro del Interior, la virtual candidata del Partido Alanista Peruano (PAP), Mercedes Aráoz, ha declarado en Perú 21 (Edición N° 3018 del 24 de noviembre de 2010, página 2), lo siguiente: "No sé si será legal o no (el cobro por despido arbitrario), pero definitivamente es moralmente repudiable. Me alegro que haya salido del gabinete... Hizo bien el presidente García en cortar rápidamente esta situación. Él no permite este tipo de actitudes. Definitivamente no estará en la lista (de candidatos al Congreso)".

¿Qué tal? La señora Aráoz no sabe si ese acto es legal o ilegal. ¡Con razón! La pobrecita, desconoce la ley del Estado, para el cual trabajó desde el gobierno de Alejandro Toledo. Gracias a Mercedes Aráoz podemos comprobar lo que ya sabíamos teóricamente: que el conocimiento no se pega (ni se queda) aunque uno duerma con el libro. ¿Será por eso que no sabe si es responsable legal de la masacre de Bagua? ¿Y será también por eso que ella no sabe que no es quién para decidir a viva voz, y en solitario, si un postulante es candidato o no dentro de un partido político, por más "líder" que sea, puesto que ese resultado es consecuencia del sufragio interno, tal como lo establece la Ley?

Parece que la señora Aráoz, no sabe nada. ¡Qué raro! Porque si no, ¿para qué postula entonces, en semejante estado de ignorancia, al sillón de Pizarro? ¿No sería mejor que antes sea capacitada en temas como éstos, legales, antes de decidir si pone su cara bonita en una cédula de votación con la que se va a elegir al próximo Presidente del Perú?

¡Carajo! Esta gente cree que somos idiotas. Creen que les vamos a creer esos "desconocimientos". Todo el mundo, sin necesidad de ser abogado, sabe perfectamente que una indemnización (cualquiera sea la forma que ésta adopte) sólo sobreviene a un perjuicio causado por un tercero. Por eso, en el caso del Derecho Laboral, la indemnización por despido arbitrario únicamente es viable cuando se despidió a un trabajador por causa no justa, sino, arbitraria. En el caso que nos ocupa, el señor Barrios no fue despedido por su Jefe, el Dr. Alan García. ¡No! Éste le pidió que deje el cargo de Presidente Ejecutivo de EsSalud para asumir la cartera del Interior, para lo cual Barrios, obviamente, debía renunciar al cargo anterior. ¿Dónde está el despido? Pero esto "no sabe" Miss Bagua. ¡Qué linda mujer la que se perfila para estadista!

Seamos claros:

1) El "Ingeniero" Fernando Barrios Ipenza (este pseudo-aprista que dicho sea de paso, al igual que el recordado "Payasito Waissman", tampoco tiene profesión universitaria terminada), ordenó que se incluyera este concepto de indemnización por despido arbitrario para robar hasta el final de su otrora cargo. ¡Qué vivo! E igual ordenó para el caso de su antes Gerenta Municipal en la Municipalidad Provincial de Huancayo, y hasta ayer Viceministra de Gestión Institucional, Edelmira del Carmen Barrantes. ¡Qué vivos! El serranito huanca, y la trujillana Barrantes, en poco tiempo, se volvieron criollos limeños.

Sabemos que fue Barrios Ipenza quien ordenó esta operación, porque en su curriculum laboral (o prontuario, que para su caso es lo mismo) existen antecedentes de casos similares; además, ése es su estilo, ése es su proceder consuetudinario: ya se comportaba así en la Municipalidad Provincial de Huancayo, donde cobraba dos emolumentos del Estado (una dieta como Presidente del Directorio de la empresa municipal de agua de Huancayo, Sedam-Huancayo; y su sueldo de Alcalde Provincial), cuando le tocó ser Alcalde de esa comuna; e hizo lo mismo cuando fue Presidente Ejecutivo de EsSalud, donde ordenó a sus funcionarios, del primer al quinto nivel, que sus empresas operadas con terceristas (al igual que sucede con el actual Presidente Ejecutivo de EsSalud, el Médico Félix Ortega Álvarez) contraten en cuanta licitación pública cuantiosa fuera generada por esa institución.

Yo mismo denuncié a Barrios Ipenza dos veces ante el Ministerio Público: primero, por ese antedicho ilegal e ilegítimo cobro de dos sueldos; y, después, porque descubrí que existía una mafia en el mismo Sedam-Huancayo que contrataba con una empresa de servicios de salud de propiedad de Ortega Álvarez, para beneficio y provecho de sus propias arcas. Pero, como siempre, el Ministerio Público fue debidamente controlado por ellos. Y yo fui amenazado de ser denunciado. Después no hubo nada más.

2) Si Barrios Ipenza renunció, no fue porque él lo haya decidido en un acto de "transparencia", como lo señaló en su carta de renuncia del día de ayer. Como es evidente, Alan García lo presionó para que renuncie (como lo indica la misma Miss Bagua en sus declaraciones publicadas hoy en Perú 21), y evitarle la generación de investigaciones y denuncias penales; y esto porque, "Dios perdona el pecado, pero no el escándalo". Y considerando que "Dios" vive por ahora en Palacio de Gobierno, la cosa queda clara. No puede perdonar escándalos, sobre todo si tales escándalos van a dirigirse contra con quien ha operado como "cajachica" (se dice) del mismo Presidente.

3) La señora Aráoz demuestra tenerle asco e irrespeto al sistema democrátrico y al Estado de Derecho. En fin, se comprende: la democracia de hoy es la democracia por la que nosotros, y no ella ni García, luchamos contra la dictadura cruel del ladrón japonés. Tal asco e irrespeto lo demuestra cuando dice que es ella quien designará a su candidato a la vicepresidencia y a 27 candidatos congresales. ¿Y la ley que establece que esta designación es consecuencia de un proceso electoral interno (cuyo símil es llamado en Estados Unidos "Elecciones Primarias")? ¡Qué linda demócrata la que representará al PAP (Partido Alanista Peruano)! El hecho la pinta de cuerpo entero.

Tal vez Valle-Riestra tenga razón: Mercedes Aráoz está bien para candidatear en un concurso de belleza. Allí, donde se suelen decir idioteces monumentales tales como que "Confucio fue el filósofo que inventó la confusión", sus palabras pueden encontrar algún sentido y significado entre la pléyade de calabazas. Y ésta no es expresión machista. Por el contrario, ¿se han dado cuenta que la señora Aráoz, hábilmente, viene tildando de machista a quien discrepe con ella? Eso sí sabe hacer. ¡Claro! Si ella misma es confusionista.

Tal vez nosotros, que toleramos hasta este agravio a la mujer y semejante ofensa a la inteligencia, podamos afirmar mejor, y con legítimo derecho, que somos demócratas. Pero esto no puede ser machismo.

Miss Bagua merece un beso... pero requiere más de un libro de Chomsky, unas clasesitas de Lourdes Flores (la otra candidata del Partido Alanista Peruano), un compendio de leyes editado por el Fondo Editorial del Congreso de la República y alguno que otro de los manuales políticos de Andrés Oppenheimer. O, quizás, necesita volver a nacer para saber ser.

¡Qué duda cabe!

jueves, 28 de octubre de 2010

El APRA ha muerto. ¡Viva Haya de la Torre!

En esta breve reflexión, el autor -de conocida innegable orientación social progresista marxista- anuncia el inicio de una nueva etapa en su vida político-social, coincidiendo, en cresta de ola, con el inicio de un proceso de cambio para la vida institucional y social del otrora Partido del Pueblo fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre, y los inevitables efectos que ello supondrán para la democracia y la vida política en el Perú.

http://www.generaccion.com/usuarios/37727/apra-ha-muerto-viva-haya-torre